Libros, marketing y hallazgos felices

No sé si habrá alguien por ahí que se esté extrañando del mutismo que me caracteriza últimamente en todo lo relativo a mis cuentos, novelas y demás. Si no es así, me da igual: lo voy a contar de todas formas. Que para algo tengo este blog: para soltar rayadas.

El año 2015 fue interesantísimo y muy intenso para mí a nivel literario. Si bien al 2014 ya siempre le guardaré cariño por ser el año en el que Todos los vampiros tienen colmillos vio la luz, el 2015 fue el año en el que más escribí de todos los anteriores. En solo 12 meses revisé Supera eso, princesa (que había terminado en diciembre de 2014) y escribí La hija de la bruja (aún en las sombras), Desvalida (si bien fue a partir de un relato corto de un par de años antes), Todos los amigos saben guardar secretos (segunda parte de Todos los vampiros tienen colmillos, que espero que pueda ver la luz pronto), Luna de maíz (incluído en la maravillosa antología Instinto animal: Quince historias de lobas y cambiaformas, de la que no podría estar más orgullosa de formar parte), Música para gatos (también en las sombras) y seguro que algo más de lo que no me acuerdo. Por no hablar de los fanzines.

Además de todo eso, 2015 también fue el año en el que intenté comportarme como una escritora. Es decir, abandonar los pseudónimos en las redes, llevar un blog (no muy bien, vale), hacer contactos literarios, leerme obras de dichos contactos por aquello del quid pro quo y, en general, tener mucha actividad literaria en las redes. Todo el tiempo. Todos los días.

Pues bien, de eso quiero hablar. Porque, además de ser un año muy productivo, el 2015 me dejó un par de interesantes lecciones:

  • Eso de la súper actividad literaria no va conmigo.
  • Eso de planificar mis próximas obras en función de lo que pueda tener más éxito va menos conmigo aún.

En realidad, estas dos afirmaciones ya las sospechaba. Que para algo una ya se conoce de sobra y sabe que lo que le gusta de verdad es escribir, y no promocionarse. Pero bueno, también es verdad que no me gusta cerrarme a algo sin haberlo probado. Pues bien, ahora ya lo he probado y sé, con total certeza, que me estresa sobremanera prestar continua atención a mis ventas, revisar cada día mis posiciones en los rankings de Amazon, responder mensajes en grupos literarios, planificar publicaciones para recordar a mis contactos (una y otra y otra y otra vez) lo maravillosos que son mis libros y dónde los pueden comprar (joder, como si no lo supiesen ya!!), insistir para que me dejen 5 estrellitas en todas partes y comprobar todo el tiempo lo fácilmente que la gente categoriza las cosas. Y es que, como he escrito una novela chick-lit, de pronto parece que todo lo relacionado con la literatura romántica tiene que interesarme muchísimo, cuando el caso es que yo siempre he sido de leer y escribir de todo, sin encasillarme, y no pienso cambiar en ese sentido.

No quiero que parezca que éste es el típico post pataleta en el que trato de dejar claro que mi opinión es la válida. Mi opinión no es la válida porque es solo eso, una opinión. Respeto completamente a quien piensa diferente y a quien promociona intensivamente sus obras. De hecho, admiro a quien promociona intensivamente sus obras, porque sé que la promo en redes sociales es muy importante y que negarse a ese tipo de prácticas, siendo escritora no novel pero sí aún casi totalmente desconocida, es algo así como cavar mi tumba literaria. Pero es que al final es algo superior a mí. Todo este año de prestar atención a esas cosas han tenido un resultado: hoy por hoy me apetece cero escribir. Me da urticaria pensar en escribir, en serio. Y eso es así porque ha dejado de ser una actividad placentera y reconfortante para convertirse en una causa de estrés más. Me he sorprendido planificando novelas que, en realidad, no me apetecía nada escribir, por aquello de centrarme en géneros más comerciales y con más público. Me he encontrado a mí misma leyendo interminables novelas que no me apetecía nada leer solo por aquello de quedar bien con gente, mientras dejaba de lado obras que me moría por abordar y que llevaban siglos en mi pila de lecturas pendientes. (Obviamente no siempre ha sido algo desagradable. He leído obras de contactos que me han gustado mucho también, eso que quede claro). Y me niego. Me niego a que escribir sea algo que me estrese. Porque es algo que llevo haciendo toda la vida y me apasiona. Y porque, joder, no me gano la vida con ello (pero nada), y estoy dispuesta a admitir que un trabajo que me da de comer tenga aspectos estresantes, pero no una actividad que hago porque me gusta y que no me va a sacar de pobre.

Además, admito que todo esto también obedece a ciertas impresiones mías muy arraigadas sobre la experiencia de lectura en general. Para mí es muy importante que un libro suponga un hallazgo feliz. ¿Y qué demonios quiero decir con eso? Pues que me encanta la sensación que me invade cuando un libro del que no sé nada acaba apasionándome. Eso que pasa cuando un libro que nadie me ha vendido como una maravilla, de cuyas bondades nadie me ha intentado convencer y que ningún conocido o conocida ha leído, o de cuyo autor o autora lo desconozco todo, me gusta. Hace poco una amiga de una amiga me dijo que lo que no le gusta del marketing intensivo en la literatura es que, cuando un autor habla mucho de su libro, no le permite al lector hacerlo tuyo. Sé que mucha gente no se siente así, pero a mí me pasa. El proceso de lectura y disfrute de una obra no deja de ser algo personal, por mucho que también abarque aspectos sociales (como lo de recomendarla, hablar de ella o debatir en un club de lectura). El libro tiene que convertirse en mío. Tiene que significar algo para mí, quedarse dentro de mí. Y para que eso sea así es importante (o al menos para mí lo es) silenciar en parte la voz del creador. Porque una cosa es el autor, y otra la obra. Y creo sinceramente que una obra tiene que tener voz propia, y que esa voz, para más inri, puede no tener nada que ver con la voz del escritor.

Cuando hablo bien de mis novelas me siento absurda. ¿Cómo no voy a hablar bien yo? ¡Las he escrito yo! Claro que a mí me gustan. Claro que creo que todos y todas deberíais comprarlas y leerlas. Pero sois vosotros los que debéis encontrar el motivo para hacerlo. Y ese motivo no tiene que ser, no debería ser, que yo sea insistente en las redes y os lo recuerde a cada rato. Porque, a ver, tampoco soy tonta. Sé perfectamente que muchos de mis contactos están al tanto de mis andaduras literarias y aun así no se han comprado ninguno de mis libros. Pero no puedo autoengañarme pensando que no se los han comprado por falta de promoción. Hay gente a la que caigo bien pero que, sinceramente, no siente interés por lo que escribo. Tengo amigos que me quieren mucho pero no suelen leerse mis novelas porque no se sienten atraídos por esos géneros o porque ahora mismo tienen muchas lecturas pendientes a las que tienen más ganas. ¿Es eso malo? ¿Debería todo el mundo volcarse en mí? ¿Volcarse por obligación? Yo ya sé cómo me hace sentir eso de leer por obligación, y no me gusta. ¿Por qué querría eso para mis lectores? Quiero que quien me lea lo haga por voluntad propia. Por convicción propia. Y que si me quiere dejar un comentario en Amazon, que lo haga. Y si no, pues no. Sin más problemas.

Repito que no cuento todo esto con la intención de cambiar la opinión de nadie. Como he dicho, respeto y admiro a quien dedica tanta y tan intensiva atención tanto a su trayectoria literaria como a la promoción. Me encantaría sentirme cómoda haciendo lo mismo. Pero no es así, y al final una no puede luchar constantemente consigo misma. Bastantes motivos de estrés hay en la vida diaria como para añadir más a la lista, así porque sí. Y claro que seguiré informando de lo que escriba, y haré la promo que me parezca necesaria y que me apetezca. Pero sin obsesiones. Puede que así jamás me convierta en una escritora famosa… Pero tal vez nunca estuve hecha para eso. 🙂

books

Bullying

Hoy no voy a hablar de nada relacionado con la literatura. Primero, porque sigo inmersa en mi período de vacaciones literarias (del que, sinceramente, no sé cuándo saldré), y segundo porque hay otro tema del que hace tiempo que quiero hablar, por complicado que me resulte. En especial ahora que me he pasado toda la semana leyendo posts, comentarios y pareceres varios sobre el bullying a colación de hacerse pública la carta de suicidio de un niño de once años.

Muchxs lo sabréis, y otrxs no. El bullying es un tema que me toca de cerca. Durante mi estancia en el colegio y en el instituto varias personas se encargaron de hacerme la vida imposible y de que mi paso por esos años resultara de todo menos divertido. Humillaciones, empujones y amenazas se convirtieron en mi rutina, junto con una colección de motes que, según el momento y la creatividad del/la camorrista de turno, fueron desde empollona hasta fea, leprosa o bruja. (Ok, admito que este último nunca lo terminé de ver como un insulto.)

No sé si alguien pensará que estas cosas se olvidan alguna vez. Ya os lo digo yo: no. Pueden pasar muchos años, y puedes acabar descubriendo que el mundo es infinitamente más vasto que los confines del colegio, y que lejos de allí no todo será siempre igual, y que habrá gente que te querrá, que te valorará, que te admirará y que te amará, y vivirás experiencias que harán mucho más pequeñas esas cicatrices de entonces. Pero olvidarse no se olvida, y es por eso que, en mi caso, siempre me fascinan las pelis que cuentan historias de niños o adolescentes raritos, o me llegan tan hondo libros como Boring Girls, de Sara Taylor, por poner el ejemplo más reciente. Y, por supuesto, también es por eso por lo que en todos mis cuentos o novelas juveniles aparece el bullying con mayor o menor protagonismo.

También hay otras cosas que hacen que esos años sean imposibles de olvidar, claro. Como las noticias sobre niños y adolescentes que se quitan la vida porque ya no soportan ir a la escuela ni un maldito día más y no ven otra escapatoria posible.

Por lo que he leído esta semana, mucha gente se extraña de que las víctimas de bullying, en ocasiones, no sean del todo sinceras con su familia en cuanto a la magnitud del problema. Según parece, Diego, el niño de once años que se suicidó, nunca les contó a sus padres claramente lo que sucedía. No voy a juzgar nada de eso, porque cada caso es un mundo. No voy a intentar calibrar el miedo que debía sentir esa criatura para ni siquiera atreverse a hablar de ello, o si estaba tan convencido de que nada ni nadie podría ayudarle que lo consideraba inútil. Solo puedo hablar de mi caso, y en mi caso mis padres sí estuvieron siempre al tanto de la situación, y me apoyaron, y se pelearon con quien tuvieron que pelearse en el colegio, pero también es cierto que muchas veces yo no lo contaba todo, porque entrar demasiado en detalles al final solo sirve para hacerles sufrir, y porque hay humillaciones que calan tanto que te da vergüenza hablar de ellas, porque aunque sepas que no te mereces nada de eso, una parte de ti te susurra que también es culpa tuya. Por no saber imponerte. Por no partirle la cara a esa niña que te insulta. Por no saber llevar el asunto de otra manera. Por sufrir. Por ser débil.

Mucha gente pasa por situaciones así y no sufre demasiado. Mucha gente tiene un carácter a prueba de bombas y todo le resbala, y ni lo pasa mal ni se traumatiza de ninguna manera. Y supongo que eso es lo que hace que, cuando tú no puedes con ello, te sientas un poco idiota. ¿Pero es que acaso tienes que saber cómo lidiar con algo así? ¿Es que acaso es tu obligación cultivar un carácter que no se resquebraje con nada, como si el comportamiento de esas personas que se lo pasan bien riéndose de ti fuese, en el fondo, lo de menos?

Tengo a dos compis de EGB en el Facebook (no me llevaba mal con todo el mundo, al fin y al cabo). A uno de ellos, hace un tiempo, alguien le etiquetó en una foto del viaje de fin de curso de octavo, a Andorra. Fue por eso por lo que yo vi la imagen. Para cuando le eché un vistazo, ya había un montón de comentarios de gente de mi clase. Gente que comentaba, llena de nostalgia, lo bien que lo pasaron y lo inocente y bonito y libre de preocupaciones que era todo por entonces. En cuanto leí aquello me hirvió la sangre. ¿Inocente y bonito? Claro, imagino que ninguno de ellos se acuerda de lo que hacían conmigo. Imagino que ninguno de ellos reparó ni por un segundo en el detalle de que en aquella foto faltaba alguien: la niña con la que llevaban siglos metiéndose y que, por supuesto, no fue ni a esa ni a tantas otras excursiones.

También me perdí un viaje anterior a la granja escuela. Estuve a punto de ir, pero mi tutora decidió que sería interesante obligarme a compartir habitación con las tres niñas con las que me llevaba peor, en lugar de dejarme escoger a mis compañeras. Creía que sería una buena forma de integrarme. Y, claro, yo me negué. Y ella me echó la bronca y llamó a mis padres para quejarse de mi comportamiento insociable. Señora, ¿qué favor cree usted que le hace a una niña obligándola a compartir cuarto con las niñas que la insultan todos los días? ¿Qué coño tiene usted en la cabeza para, sabiendo los motivos de esa niña para renunciar al viaje, llamar encima a sus padres para quejarse?

Aún hoy alucino cuando, ordenando trastos en casa, doy con mis viejos boletines de notas y me encuentro los sempiternos comentarios de la profesora haciendo notar que, pese a mis buenas calificaciones, mi comportamiento deja que desear porque no me esfuerzo por integrarme. La culpa, siempre, era mía. Nadie se llevó nunca una buena bronca, expulsión o comunicación a sus padres por tratarme así. De modo que, desgraciadamente, cuando leo noticias de colegios que silencian casos de acoso, siento que conozco demasiado bien de qué va el tema.

El paso al instituto, concertado y religioso, no me ayudó precisamente a dejar atrás los malos momentos y a que mi aparentemente interminable lista de rarezas fuera mejor aceptada. Pero ahí las cosas sí cambiaron en cierta forma, porque en un momento dado se me hincharon las narices y decidí explotar mi extrañeza a mi favor. Fue en esa época cuando empecé a escuchar música oscura y a vestir de negro, y entonces dejé de ser vulnerable para empezar a darles miedo (a quienes habéis leído Todos los vampiros tienen colmillos: ¿os suena esto de algo?). Para entonces era más bruja que fea o empollona, e incluso en alguna ocasión lo de bruja no era ni peyorativo: una compi me soltó que tenía cara de bruja, pero de bruja guay, como la loca de Jóvenes y Brujas. Sentí mi pecho henchido de orgullo, claro. Y aquello fue solo el comienzo del cambio, porque empecé a tener muchos amigos fuera de allí, y a salir y a pasarlo bien, y los nubarrones comenzaron a disiparse.

Pero, ¿sabéis qué? Hay cosas que nunca se irán. Hay secuelas que palpitan bajo mi piel, y de la presencia de algunas de ellas no he sido consciente hasta mucho tiempo después de todo aquello. Como, por ejemplo, mi siempre presente desconfianza. Mi imposibilidad para no mantener una enorme distancia de seguridad con prácticamente todo el mundo. Mi cierta convicción de que, por mucho que le caiga bien a alguien, o que una persona me admire, cambiará de opinión tarde o temprano y descubrirá que soy lo peor. Y lo más increíble de todo esto es que mientras a mí me suceden estas cosas, las personas que se metían conmigo en el colegio hablan con cariño de aquellos años que yo no pude disfrutar, y de su inocencia y su falta de preocupaciones de entonces. Y esos profesores que se lavaron las manos con el problema siguen dando clase y, seguramente, tomando decisiones igual de poco acertadas.

Pero lo peor, claro, no es eso. Lo peor es que, además, leo noticias que me indican que nada, absolutamente nada, ha cambiado, y que en general se sigue castigando a los diferentes, como si el problema fuese enteramente suyo.

No podemos dejar que sigan sucediendo cosas así.

_DSC6301b

microterror nº 6

Sí, ya sé que el mayor terror que podría tener lugar hoy es que ganen las elecciones los de siempre, pero la semana pasada dije que el microterror de esta semana sería navideño, y voy a cumplir con mi palabra. ¡Que paséis unas felices fiestas!

microterror

Oigo ruidos en la chimenea y me invade el espíritu navideño. Pero, en lugar de Papá Noel, aparecen unos tentáculos bituminosos.

Instinto animal: into the wilderness

The animal with the strongest paw
mixed friends with prey – it’s nature’s law

Bueno, pues aquí estaba yo tranquilamente escuchando esa maravillosa canción de Burning Hearts que es Into the wilderness cuando he caído en la cuenta de que aún no había escrito ningún post contando qué me ha parecido Instinto animal: Quince historias de lobas y cambiaformas, la antología publicada recientemente por Editorial Café con Leche.

A ver, no voy a hacer una reseña propiamente dicha. Tampoco voy a limitarme a decir que el libro mola cantidad, porque ya sabéis que mi relato Luna de maíz forma parte de él, y es obvio que voy a hablaros bien de él y a tratar de convenceros de que os lo compréis :P. Pero esta vez, gente, no se trata de mí. No se trata de que yo formo parte del proyecto y me haría ilusión que lo leyeseis. Se trata, simple y llanamente, de que es una antología molona como ella sola.

A decir verdad, no me ha sorprendido que el libro sea maravilloso. Teniendo en cuenta que comparto espacio con escritoras como Paz Alonso, Anabel Zaragozí o María G. Moreno ya tenía clarísimo, desde el primer momento en que leí la lista de relatos seleccionados, que iba a molar. Pero aun así me he encontrado con mucho más de lo que esperaba, sobre todo porque he leído a escritoras y escritores a l@s que no conocía y a quienes a partir de ahora voy a seguir la pista muy de cerca, como Lara Alonso Corona, Diana Gutiérrez o Víctor Selles, por nombrar solo a algun@s de ell@s. Escribía Paz en su post que se sentía acompañada de escritores mucho más capaces que ella, y yo ahora os digo (además de que me entran ganas de darle una colleja cuando dice esas cosas) que me he sentido muy pequeñita leyendo la antología, y muy afortunada por haber podido formar parte de ella.

Instinto Animal

Tengo mis relatos favoritos, claro. Pero no voy a deciros cuáles son, porque que tenga favoritos no significa que no haya disfrutado con los demás, y porque, si tuviese que destacar alguna virtud de la antología (además de lo bien escritos que están todos los relatos; y esto no es ninguna obviedad, que ya sabemos que hoy en día se publican muchísimas obras que podrán tener ciertas virtudes pero no destacan precisamente por esa), es su increíble variedad. En mi caso particular tengo una debilidad especial por los relatos intimistas, por ese tipo de historias en las que, aparentemente, no ocurre gran cosa pero que están cargadas de sentimientos. Pero no importa si vuestras preferencias van por otro lado, porque en Instinto animal encontraréis de todo: historias divertidas, tristes, gamberras, estremecedoras, emotivas, espeluznantes, sensuales, extrañas, oníricas… Hay absolutamente de todo, y para colmo todo encaja perfectamente entre sí, creando un producto final muy bien cohesionado y sin fisuras. Creo sinceramente que cualquier lector, independientemente de sus preferencias, se encontrará no solo una selección con la que se lo pasará bomba, sino algunos relatos en particular con los que empatizará de forma especial.

Otra cosa que me gustaría destacar es que no es precisamente una antología anclada en la zona de confort. Si alguien esperaba encontrarse una colección de cuentos sobre lobas, que se vaya olvidando. Hay lobas, sí. Pero también aparecen muchos otros animales. Animales que, por lo menos yo, no me había encontrado jamás en una historia de cambiaformas. Y, aunque me apetece entrar más en detalles, dejaré el tema aquí, porque me gustaría que cualquier lectora o lector pudiese sorprenderse de la misma forma que lo hice yo leyendo el libro.

Así que, gente, esto no es un post para hablaros de un proyecto en el que participo y que me gustaría que leyeseis. Es una recomendación como un piano de grande para que no os perdáis una grandísima antología sobre teriantropía.

Dulces malos sueños

Mi compilación de cuentos de miedo (o cuentos inquietantes, como yo misma los he llamado en el subtítulo de la obra) ya está a la venta en Amazon en formato Kindle :-). Podéis encontrarlo aquí. Iba con la idea de poner a la venta al mismo tiempo la edición en papel, pero tengo muchas cosas en la cabeza ahora mismo y ello, unido al hecho de que he decidido no volver a estresarme más de lo estrictamente necesario por mis asuntos escritoriles, me ha hecho cambiar de opinión. Saldrá en papel, claro, pero aún no sé cuándo.

Malos Sueños

¿Que qué os vais a encontrar en el libro? Pues básicamente todos los cuentos inquietantes que he escrito (y de los que me siento orgullosa, claro). Como ya comenté en Facebook, hay cuentos que ya han sido publicados antes, como La puerta 21, con el que gané el primer certamen de relato corto de La Web del Terror, allá por el 2012, y que fue publicado en la antología Dejen morir antes de entrar (al igual que Fuera de servicio), No me olvides, con el que colaboré en el especial San Valentín también de La Web del Terror hace también un tiempo o La playa del faro, que se publicó en la antología Aenigma Veneris de Albis Ebooks. Pero también hay cuentos que nunca, nunca, habían visto la luz. Tal es el caso de Repulsión, que antes de llamarse así se llamaba Fobia (y que, por cierto, fue objeto de una extraña adaptación a corto de animación cuando hice el curso de Diseño Web y Multimedia), o de Sé dónde vives, hija de puta, que escribí para el especial de redes sociales de La Web del Terror pero finalmente no entró en el libro. Y, por supuesto, también es el caso de Nictofobia, que desde mi humilde opinión es la joya del libro porque lo escribí como trabajo final del Curso de Terror y fue perfilado, refinado y depurado contando con la inestimable ayuda de Helena Mas. Es además, un cuento basado en terrores muy, muy personales (su punto de partida fue una pesadilla muy recurrente en mí), así que le guardo un cariño especial. El último cuento incluido (si bien no es el último del libro) fue Malos Sueños, que da nombre a la compilación y, si os acordáis, lo escribí para el fanzine Everyday is Halloween que estuve regalando en la firma de libros de Valencia Zombi Party.

En resumen, los cuentos incluidos son estos:

1. La playa del faro
2. Fuera de servicio
3. La puerta 21
4. Repulsión
5. Nictofobia
6. Sé dónde vives, hija de puta
7. Malos sueños
8. No me olvides

Y creo que todos tienen en común lo que vendría a ser mi propio estilo a la hora de abordar el terror, que es explorar lo siniestro que se oculta en lo cotidiano, en todo aquello que nos resulta familiar y seguro pero que, de pronto, nos muestra un reverso tenebroso.

Espero, si es que decidís haceros con la antología, que os haga pasar como mínimo un poquito de inquietud. Y también os recuerdo que una opinión en Amazon siempre es útil para hacer visible el libro y que otros lectores sepan a qué atenerse.

Que tengáis dulces malos sueños. 🙂

#microterror nº 5

Como hace fresco y winter is coming y todo eso, el microrrelato de hoy no es precisamente cálido. Este cuentecillo es, además, con el que participé (y gané) en el concurso de microrrelatos invernales de Ooak Craft hace un par de años. 😉

microterror

La nieve oculta mis huellas. Ya no encontraré el camino de vuelta. Estoy perdida, y ellos ya acechan en las sombras.